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Barcelona “Siempre Innovadora”

Características Geográficas

Capital de la provincia de su nombre y de Cataluña, una de las regiones españolas de más fuerte personalidad. Por su población y su vitalidad económica, B. se encuentra entre las primeras grandes urbes del Mediterráneo. Como ha dicho Casas Torres, toda Cataluña puede ser considerada como el hinterland del área metropolitana integrada por B. y su provincia.

Situación y emplazamiento

En primer lugar B. ha sido. y es una ciudad litoral, portuaria, que cuenta con un variado y rico pospaís de fácil penetración. En efecto, la ciudad se asienta en una pequeña llanura situada al pie del Tibidabo (512 m.), a 41° 23’03″ de latitud N y 5051’51″ de longitud E (torre de la catedral) respecto al meridiano de Madrid, en el trecho de costa que se extiende entre los deltas del Llobregat, al S, y del Besós, al N, parcialmente invadidos hoy por las edificaciones urbanas e industriales. Dichos ríos facilitan la circulación desde B. hacia el resto del territorio catalán y muy particularmente forman sendas entradas (una vez salvados los estrechos de Montcada, en el Besós, y de Martorell, en el Llobregat) a la depresión prelitoral que desde Gerona, y por la Selva, el Vallés y el Panadés, conduce al campo de Tarragona; por dicha depresión pasaba la gran vía periférica mediterránea. El Besós, además, conduce con relativa facilidad al Ter y por éste se alcanzan los collados que llevan a Francia; remontando el Llobregat se llega directamente al Prepirineo e indirectamente al Segre. En cambio, el relieve dificulta las comunicaciones con el oeste, con Aragón y Castilla, lo que en buena parte explica que B. fuese siempre, y casi sólo, una ciudad mediterránea y catalana. Como dice Deffontaines, B. no pudo ser la ventana por la que Iberia se asomase al Mare Nostrum, mientras que, p. ej., sí lo fue Marsella para la Galia y Francia. Sin duda que fueron razones históricopolíticas las que decidieron la supremacía posterior de la Barcino romana sobre Ampurias y Tarraco; pero no hay que olvidar que estas últimas tienen un hinterland más reducido que la primera.

Dos lugares del llano barcelonés se nos aparecen como más propicios para que de los diversos poblados prerromanos y romanos que en él surgieron, uno llegara a transformarse en ciudad pujante. Uno era Montjuich, pequeña montaña de 192 m. de altura situada al norte del Llobregat; en ella hubo un poblamiento prerromano continuado por otro romano; especialmente favorable para el emplazamiento de un puerto abrigado de los vientos del N era el pie meridional de dicha montaña, y lo hubo allí, en efecto, aunque pronto fuera cegado por los aluviones del Llobregat. El . otro lugar propicio al emplazamiento humano era el monte Taber, un pequeño cerro de 13 m. de altura situado en la llanura aluvial extendida entre el Tibidabo y Montjuich; allí se fundó la Barcino romana, allí se alza la catedral y el bellísimo barrio gótico.

Crecimiento urbano

A lo largo de los siglos, el casco urbano de B. fue desarrollándose paralelamente al crecimiento de su población, unas veces de forma lenta y otras acelerada. Como es lógico, durante siglos el crecimiento fue lento; en el s. XIII hubo de construirse una nueva muralla exterior a la que circunvalaba la Barcino romana de los s. nmv; en el s. xiv fue necesario edificar otra ante el crecimiento que la ciudad había experimentado por el O y SO del núcleo antiguo; esta última muralla encerraba no sólo casas sino también huertos y espacios libres, que luego fueron rellenándose, sobre todo en el s. XVIII en el que el comercio con América y la artesanía textil algodonera dieron un gran impulso a la ciudad, que pasó de tener unos 37.000 hab. en 1717 a 92.385 en 1787; a mediados de dicho siglo, empezó a surgir el barrio de la Barceloneta. El crecimiento continuó durante el s. XIX en que la industria textil se mecaniza: 118.280 hab. en 1835, 154.165 en 1845, 189.950 en 1860; al mismo tiempo que B., crecían también Gracia, Sans y San Andrés. B. no cabía dentro de las murallas, por lo que en 1859 se puso en marcha un modélico plan de ensanche (el Plan Cerdá): derribados los muros, la ciudad se desparramó por todas las direcciones, pero en particular hacia el N, NO y O, hacia el Tibidabo y el Besós; se trata deun plano en forma de tablero de ajedrez, con calles de dirección SONE y NOSE cruzadas perpendicularmente y una (la Diagonal) transversalmente, que contrasta fuertemente con el plano del casco antiguo de calles estrechas y tortuosas.

En 1887, se alcanzaba la cifra de 272.481 hab. y en 1897 la de 509.589: en ese lapso de tiempo se habían agregado a B. varios núcleos populosos, cuyo crecimiento se debía al estímulo de la ciudad condal y de los estable. cimientos industriales textiles: San Martín (33.000 hab.), Gracia (45.000), San Andrés (15.000), Sans (19.000). Con posterioridad, se anexionaron Horta en 1903 (4.354 hab. tenía en 1900) y Sarriá en 1921 (11.534 hab. había censado un año antes). En la primera década del s. XX, el crecimiento de la población de B. fue lento (la ciudad acusó también la pérdida de las últimas colonias españolas), pero luego se aceleró con ocasión de la 1 Guerra mundial y ya no habría de detenerse: 587.411 hab. en 1910; 710.335 en 1920; 1.005.565 en 1930; 1.081.175 en 1940; 1.280.179 en 1950; 1.557.863 en 1960; 1.655.603 en 1965; 1.738.500 según la rectificación del padrón municipal de habitantes del 31 dic. 1967. Lo que se ha llamado macrocefalia catalana, es decir, el gran peso de la población de las ciudades, y en especial de B., en el total de la región, se inició a fines del XIX y se acentuó durante el XX: en 1897 B. acaparaba el 26,23% de la población total de Cataluña, en 1900 el 27,10%, en 1930 el 26,02%, y en 1950 el 39,50%; en 1960, el porcentaje sólo se elevaba a 39,68, y en 1965 descendió a 36,84. Si se excluye de los habitantes de Cataluña los de la capital, resulta que en 1965 B. tenía el 58% del resto de la población catalana.

Todas éstas son cifras que se refieren al estricto municipio barcelonés (97,62 Km2); a ellas habría que añadir las correspondientes a los núcleos de población, verdaderos suburbios muchos de ellos, que están situados en su área o comarca metropolitana (el Barcelonés de los geógrafos catalanes) extendida por la llanura BesósLlobregat, por los deltas de estos ríos y a lo largo de sus cursos, como Badalona (125.002 hab. en 1965), Montcada (13.295 hab. en 1960), San Adrián del Besós (23.198 en 1967) y Santa Coloma de Gramanet (58.165 hab. en 1965), en el Besós y Prat de Llobregat (14.131 hab, en 1960), Gavá (15.725), Cornellá de Llobregat (24.714), Hospitalet (180.140 hab. en 1965), Esplugas de Llobregat (12.393 en 1960), San Feliú de Llobregat (10.201), Molíns de Rey (10.191), San Baudilio de Llobregat (19.968), Martorell (7.926), San Justo Desvern (8.030 en 1965), etc., en el Llobregat, con lo que el área metropolitana de B. alcanza una población que supera los dos millones y medio de habitantes.

Un crecimiento como el experimentado por B. y su área metropolitana presupone, lógicamente, una fuerte inmigración que hasta la I Guerra mundial se nutre principalmente de catalanes para luego incrementarse el número de inmigrantes de las regiones cercanas a Cataluña, como Aragón, y más tarde de regiones alejadas como Murcia y Andalucía. Según G. Barbancho, el saldo migratorio del partido judicial de B. (en el que se incluye además de esta ciudad, Badalona, San Adrián de Besós y Santa Coloma de Gramanet) fue de 51.428 en 1901-10; 150.126 en 1911-20; 280.032 en 1921-30; 80.100 en 193140; 158.650 en 1941-50 y 263.034 en 1951-60; en el trienio 1966-68, llegaron a la ciudad de B. 68.967 inmigrantes.

Funcionalidad

B. es, ante todo, una importante ciudad industrial y comercial, corazón y motor de Cataluña y punto nodal de primera categoría en la malla económica de España. El espíritu de trabajo, el tesón, la capacidad de iniciativa, etc., más que otros factores, explican el gran desarrollo mercantil e industrial de B. El mismo puerto ha tenido que ampliarse y acomodarse sucesivamente por obra del hombre.

El número total de buques entrados y salidos en 1967 fue, respectivamente, de 7.365 y 7.346 (en 1953, 5.946 y 5.069); casi las 3/4 partes de ellos servían a la navegación costera nacional destacando por su importancia las líneas que le unen a Baleares (Palma de Mallorca, Mahón, Ibiza) y Canarias. Entre las importaciones dominan las materias primas (algodón en rama, hierro) y los productos energéticos (carbón, petróleo) sobre los bienes de equipo y los alimentos; las exportaciones (inferiores en valor y peso a las importaciones) versan sobre tejidos de algodón, potasa, pieles y cuero, aceite de oliva, etc. El transporte de mercancías por vía terrestre (ferrocarril y carretera) dobla al efectuado por vía marítima. En tránsito de pasajeros, el puerto ocupa el tercer lugar de España, tras Palma y Vigo; en este aspecto es más importante el aeropuerto, que se sitúa después de los de Madrid y Palma en número de pasajeros.
Más de 120.000 personas viven del comercio en B., el cual no se limita a subvenir a las necesidades de la propia ciudad, sino que irradia a toda Cataluña y a gran parte de España; el casco antiguo y las calles adyacentes al Paseo de Gracia en la zona residencial del ensanche acaparan la mayor parte del comercio «urbano», mientras que el pequeño comercio se extiende por todas partes.
La primera función de B. es la industrial, actividad que ocupa aprox. el 64% de la población activa. En la industria metalúrgica (automóviles, motocicletas, motores de aviación, locomotoras, maquinaria textil y de otras clases, material ferroviario, material eléctrico, etc.), trabajan más de 100.000 personas, en la industria textil (seda, algodón, lana) sobrepasan las 60.000, en la química y farmacéutica las 45.000 y en la construcción las 50.000; menos obreros acaparan las restantes industrias: alimenticias, del papel y artes gráficas, vidrio, curtidurías, etc. Las principales áreas industriales son la Barceloneta barrio además tradicionalmente pescador y marinero, Pueblo Nuevo, San Andrés, Sans y la Zona Franca. La industria barcelonesa es muy variada, pero se deja sentir, en una ciudad portuaria de la categoría de B., la ausencia de industrias pesadas, fundiciones, construcción naval y refinería de petróleos.
Por último B., además de las funciones políticoadministrativas propias de todas las ciudades de su categoría, desempeña una importantísima función intelectual o cultural; p. ej., la mayor industria editorial de España, y, aparte los diversos centros de enseñanza (más de 20.000 alumnos matriculados en las Facultades universitarias y escuelas técnicas de grado superior), cuenta con numerosas y pujantes instalaciones culturales, bibliotecas, museos, etc..

Datos Históricos

Orígenes

En el espacio, por donde actualmente se extiende la ciudad de B. se desarrollaron diversos poblados iberos. Del s. III a. C. data una moneda con la inscripción Barkeno. Ausonio habla de la púnica Barcino, dato que, vinculado con tradiciones que afirman la fundación de B. por los cartagineses, puede dar a entender que éstas tuvieron algún contacto con los iberos radicados en aquel ámbito. La presencia romana en la ciudad data de la venida de Cneo Cornelio Escipión (218 a. C.) en el curso de las guerras contra Cartago, y ya en el s. II a. C. puede estimarse constituido un centro urbano de base étnica ibérica, administrado por los romanos.

Esta agrupación recibiría en la segunda mitad del s. I a. C. el estatuto jurídico de colonia y los títulos de Faventia, Julia, Augusta y Paterna añadidos a su nombre de Barcino. Poseyó un magnífico templo, probablemente dedicado a Augusto, foro, teatro, termas, circo y otros edificios que aseveran su esplendor.

En el 263, unas bandas de estirpe germánica arrasaron Barcino. Es verosímil que el cataclismo diera pábulo a dos tipos de convulsión: en primer término, una reacción de los grupos cristianos, que existirían ya a la sazón en B., contra el paganismo oficial, y luego una subversión, más o menos abierta, de las clases proletarias contra las minorías gobernantes. Así, la muralla defensiva que los barceloneses comenzaron a construir a finales del s. III y principios del IV, contiene como materiales de construcción numerosos vestigios de la época imperial, evidentemente menospreciados por la población de esta segunda B. De modo concordante, vemos construirse la primera basílica cristiana, en el s. IV, y la tradición nos transmite los nombres de algunos de los primitivos obispos y la noticia de haberse celebrado concilios en la ciudad (V. ESPAÑA VIII, 4).

En el transcurso del s. V, los visigodos (v.) se asientan en Hispania y su rey Ataúlfo establece la capital en B., la cual conservaría esta primacía hasta el reinado de Atanagildo. Esta fase quedó cancelada con la ocupación musulmana (B. fue considerada como una importante plaza fuerte de la España árabe, al frente de la cual se puso un gobernador o valí), a la cual puso término a su vez la reconquista cristiana operada con ayuda de los carolingios, durante el reinado del emperador Ludovico Pío (803).

Medievo

El condado de B., nació dentro del ámbito político carolingio y se independizó de éste en tiempo del conde Wifredo I (v.), 874898. Durante el primer periodo condal, la ciudad vivió prósperamente al abrigo de las murallas romanas. Testimonia este auge la aparición de una serie de núcleos urbanos extramuros.

El conde Mir (m. 966) construye la Acequia Condal para traer las aguas de las montañas vecinas. El 6 jul. 985 B. fue destruida por Almanzor. Tal como la devastación del s. III había dado fomento a la B. cristiana, esta prueba estimula una nueva etapa, la de la B. románica, cuyo símbolo más descollante es la construcción de una nueva catedral, consagrada en 1058. Sabemos que por las mismas fechas existían también otros templos de renombre, como los de S. María del Mar, S. María del Pino, S. Miguel, S. Justo y Pastor y S. Jaime, al paso que los diversos núcleos desparramados por el llano de B. erigían sus propias parroquias, centro de su respectivo desarrollo urbano.

Los soberanos barceloneses de esta centuria otorgaron protección al comercio, y el conde Ramón Berenguer I el Viejo (103576) impulsó el florecimiento testimoniado por la acuñación de monedas de oro y la promulgación del código de los Usatges. En el tráfico mercantil, tomaba parte una nutrida y brillante comunidad hebrea. La ciudad estaba ya dotada de una serie de instituciones y servicios que merecían la admiración de los viajeros de la época: existían varios hospitales de pratocinio eclesiástico y real, a los que se agregó en 1147 el instituido por Bernat Marcús y alrededor de 1150 el de leprosos de S. Lázaro; se
había fundado una cofradía de correos y abundaban los albergues y hosterías.

En tiempo de Jaime I (1213-76) se construyó una nueva muralla para incluir los núcleos habitados crecidos fuera de la romana. También fue este monarca el creador del municipio de B.: organizó un consejo de cuatro miembros, que se asistían de ocho consejeros suplementarios.

La jurisdicción de la ciudad de B. se extendió más allá de las murallas urbanas, de suerte que en plena época feudal existía ya una extensa comarca íntimamente unida a la ciudad. En enero de 1283, el rey Pedro III el Grande dictó en Cortes el célebre privilegio intitulado Recognoverunt proceres, primer compendio del Derecho privativo de B., cuya validez se extendió a otras poblaciones como Gerona, Igualada, Moyá, Granollers, Villafranca del Panadés, Villanueva y Geltrú, Martorell, Mollet, etc. La ciudad de B. practicó en los s. xiu y xiv una intensa política de adquisición de castillos y señoríos, llevada a límites tan amplios que entre ellos se contaron los términos de Flix y La Palma, en la ribera del Ebro, y los de Elche y Crevillente, en el litoral levantino. Buen número de localidades catalanas aspiraban a convertirse en «calles de B.», por el anhelo de liberarse del yugo feudal y la mayor confianza que desde el s. xiv pusieron en el protectorado de B. antes que en la tutela del monarca. Para ello las poblaciones procedieron a simular su acogimiento a la soberanía municipal de B., constituyéndose en carrers de la misma. La primera que se acogió a este privilegio fue Cardedeu (1343) y la última Igualada (1499).

El reinado de Pedro III (127685), con el dominio catalán del Mediterráneo, prepara la enorme prosperidad comercial y cultural de que gozará B. durante el s. xiv y de la cual es símbolo la necesidad de ensanchar la muralla de Jaime I, como lo practicará, a partir de 1358, Pedro IV el Ceremonioso. Los astilleros barceloneses, las célebres atarazanas, construyeron las naves que protegieran el despliegue comercial barcelonés por todo el Mediterráneo en cada una de cuyas plazas principales, así como en otras de la Europa atlántica, se establecieron consulados de la ciudad. En 1298 había comenzado la obra de la tercera catedral, la gótica, y en el siglo siguiente se elevaron, dentro de tal estilo arquitectónico, varios de los monumentos más preciados que subsisten en la ciudad (v. iv), mientras en diversas calles, como las de Lladó y Mercaders, la burguesía enriquecida levantó mansiones magníficas. El Consejo municipal barcelonés, cuyo germen data de 1248, alcanzó un poder económico y un relieve político enormes.

Este esplendor llegó a un apogeo precursor de la crisis en el s. XV que presenció el desarrollo más refinado del arte gótico y la construcción de palacios majestuosos, como los de la calle de Montcada. De 1451 data la Univ. de B., fundada por Alfonso el Magnánimo. El estallido de la crisis se produjo durante el reinado de Juan II (145879) con una rebelión de motivaciones políticas, en cuyo sustrato militaban violentas tensiones sociales suscitadas por el crecimiento de la masa proletaria.

Tiempos modernos

La pacificación patrocinada por Fernando el Católico preparó otro siglo de esplendor para B., el xvi. La ciudad vivió, durante el reinado de Carlos I, en íntima comunión con el soberano y éste reunió en ella al capítulo del Toisón de Oro (1519) y efectuó 11 estancias en B. La riqueza de la ciudad en esta época mereció generales elogios. Dos crisis relativamente concordantes pusieron término al equilibrio de las relaciones entre B. y la Corona. Son la de 1640, con la rebelión catalana contra el centralismo de Olivares (V. CATALUÑA, REVOLUCIÓN Y GUERRA DE), y la de 1714, en que la ciudad llevó a sus últimas consecuencias su adhesión a la causa del archiduque Carlos de Austria en contra de Felipe V. En una y otra, hay en común la nostalgia de la época de relaciones pactadas entre el trono y la colectividad ciudadana. Después de la cruenta toma de B., Felipe V, con el Decreto de Nueva Planta, suprime las peculiaridades políticas y administrativas de Cataluña y extingue el régimen municipal característico de B. Durante el s. XVIII, la ciudad vivió una de sus etapas más laboriosas y fecundas. En este tiempo, B. alcanzó los 100.000 hab., superándose el tono relativamente estacionario del censo de la ciudad durante varios siglos. Este desarrollo se explica gracias a la venida de copioso contingente de inmigrados que acudieron a trabajar en las factorías barcelonesas, figurando entre las más prósperas las indianas. La libertad de comercio con América, dictada en 1778 por Carlos III, dio enorme impulso a la vida fabril y al puerto de B. La guerra napoleónica y las convulsiones políticas del s. xix representaron un freno grave a esta expansión industrial que no se reanudó hasta mediados de siglo. En 1875, la población de la ciudad era de 183.787 hab., y en 1887 de 248.943. En 1854, se acometió el derribo de las murallas, y en 1858 se puso en marcha el plan Cerdá de ensanche. La ciudad fue dilatándose hasta entrar en contacto tan íntimo con las demás poblaciones del llano que el 20 abr. 1897 se agregaron a ella los municipios de Gracia, San Gervasio, Sans, Las Corts, San Martín y San Andrés; Horta y Sarriá no se incorporaron hasta 1904 y 1921, respectivamente.

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